viernes, 24 de julio de 2015

La carreta nagua



Adaptación del cuento folclórico de Nicaragua,  por Pedro Obando.

Gabriel era un joven periodista de uno de los periódicos más leídos de la capital de a mediados de los años veinte del siglo XX. Él había sido mandado a un remoto pueblo del norte del país llamado San Juan del Norte a investigar unos misteriosos casos que habían reportado por telégrafo algunos habitantes acerca de muertes misteriosas, y de una extraña figura nocturna a la que llamaban “La carreta Nagua”. El joven reportero iba de muy mala gana porque él soñaba con escribir grandes reportajes y este tema lo consideraba tontería y necedad, pero resignado por ser el más nuevo en el periódico tuvo que tomar el desafío. En el transcurso del viaje él escuchaba atentamente a unos pasajeros vecinos de un poblado cercano a su destino, que comentaban sobre el tema que él investigaría en el ya mentado pueblo. Decía uno de los pasajeros:
—Dicen que como a la una de la mañana se escucha el rechinar de unas ruedas de carreta en las calles del pueblo y que cuando se detiene en algún lugar alguien muere…y si en verdad muere esa persona es porque la carreta y el que la conduce se la lleva porque en su vida fue malvada.
Entonces Gabriel interesado decide entrar en la conversación y pregunta:
—Disculpe, ¿y quién conduce la supuesta carreta?
Volteando un poco sorprendido, el relator de la historia, ve a Gabriel, encoje los hombros y le dice:
—Nadie lo ha visto bien pero algunos dicen que han visto por las rendijas de las puertas que es un esqueleto o la calaca, y que a los que lleva atrás en la carreta son las almas de los que mueren a su paso.
Gabriel incrédulo sólo sonríe levemente moviendo la cabeza se recuesta en su asiento y decide tomar una siesta mientras llega a su destino.
De pronto, se encuentra profundamente dormido y el ayudante del tren le toca el hombro y le dice:
—Despierte ya llegamos a San Juan del Norte y sólo usted se queda aquí.
Gabriel estirándose le pregunta:
—¿Qué hora es?
El ayudante mira en su reloj de cadena y dice:
—Faltan cinco minutos para la una de la mañana. ¿Ya es tarde tiene donde quedarse? El joven le contesta:
—Sí, en la posada de doña Carlota.  
—Mmm, bueno la verdad no creo que esté abierto a esta hora la posada de esa vieja bruja amigo, además no es buena señal los perros están aullando muy inquietamente”  —le contesta el trabajador del ferrocarril.
Gabriel se baja y sin poner demasiada atención le pregunta:
—¿Por dónde llego a la posada?
El ayudante de maquinista responde:
—Vaya por ahí derecho hasta llegar a esa luz que se ve al fondo —señalando a una callejuela profundamente oscura y con una pequeña y débil luz a lo lejos. Gabriel volteando al camino indicado sin ningún tipo de temor más rendido por el cansancio del viaje, que ya ni recordaba la historia de los pasajeros acerca de la tal “Carreta Nagua”, comienza a caminar entre tropiezos por la espesa oscuridad y las piedras que abundaban, mientras avanzaba cargando su equipaje, comienza a sentir un escalofrío creado por el frío viento de la madrugada y por una extraña sensación que de súbito lo embargaba. De pronto, comienza a escuchar el crujir de unas ruedas de carreta que venían a su encuentro, y de fondo, siempre el aullido incesante de los perros. En su mente dice: “Malditos perros así reciben a los forasteros”.  Y entre la tenue luz de la luna ve la silueta del conductor del rustico carruaje, y en sus adentros piensa: “Ah que bien por fin alguien a quien preguntar si estoy ya cerca de la posada”. Gabriel decide salir al encuentro de la carreta, y cuando se acerca puede observar que los bueyes que tiran de ella están demasiado flacos y tienen un aspecto tenebroso, y dirige la mirada al conductor, éste tiene el rostro tapado con un manto oscuro, pero Gabriel no puede verle el rostro y le pregunta:
—Buenas noches amigo, ¿estoy cerca de la posada de doña Carlota?
El conductor se detiene en seco y asiente nada más sin emitir ni un solo ruido y apunta con su dedo índice hacía la dirección de la posada. Entonces Gabriel gradece y camina, pero el escalofrió se le hizo más intenso, de pronto al dar un par de pasos escucha una carrasposa y seca voz, la del conductor de la carreta que le dice:
—Vas por el camino correcto pero a Carlota, la bruja del pueblo no la encontraras, ella se fue para siempre.
Y soltando una sonora risa macabra se perdió con su carreta en la penumbra. El joven volteó a ver y antes que desapareciera, vio a la parte trasera de la carreta y en ella iba sentada con los pies colgados y los ojos desorbitados una mujer vieja que le decía adiós con su mano izquierda como queriendo decirle algo pero sin poder hablar, Gabriel volteó muy extrañado por lo que había visto, y comentó en su interior: “Estos lugareños sí que son extraños”.
Por fin el muchacho llego a la posada y vio que había muchas personas unas llorando y otras sorprendidas, entonces preguntó a una de las mujeres presentes:
—¿Disculpe, que pasó aquí?
Entonces le contestó una mujer entre sollozos:
—Doña Carlota acaba de morir y la Carreta Nagua se acababa de escuchar pasar.
En ese momento, Gabriel se dirige a un extremo del pasillo donde varias personas rodeaban un catre, y ve el cadáver de doña Carlota sobre el lecho.   El joven se quedó helado al ver que era exactamente igual a la mujer que vio sentada en la carreta que se había encontrado en el camino. Por unos segundos queda en shock. Luego sacude su cabeza como queriendo salir del extraño momento y corre a la salida de la posada y mira hacia el camino donde se había encontrado al maligno carruaje, pero ya no alcanza a ver nada, sólo escucha a lo lejos el aullido desconsolado de los perros.
Desde ese momento Gabriel se quedó despierto todo el tiempo que pasó en el pueblo, a los pocos días se fue de regreso a la capital y escribió el reportaje según lo que alcanzó a investigar diciendo: “La carreta Nagua se llevó a doña Carlota y otras personas del pueblo porque practicaban la brujería”.
Ahora Gabriel piensa frecuentemente en lo que vio y muy a menudo tiene extraños sueños. Cuando alguien muere hace preguntas referentes a qué pasó por las noches anteriores. Algunos vecinos lo ven como a un hombre muy extraño y perturbado. A veces escucha a los perros aullar, y ruedas de carreta pasar cerca de su vecindario, pero no se atreve a salir a ver de qué se trata, pues tiene temor de que sus pesadillas se vuelvan realidad…

PEDRO OBANDO


7 comentarios:

  1. Inquietante adaptación del cuento folclórico de Nicaragua, por Pedro Obando.

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  2. Ciertamente, Joy.

    Un abrazo enorme y gracias por tu comentario.

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  3. Fantástico relato de terror del que no había oído hablar nunca, pero ya se sabe que las leyendas populares constituyen un cúmulo inalcanzable. Mis felicitaciones.

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    1. Las leyendas son sólo eso, leyendas. Sin embargo, sobre ellas existe un halo de misterio y, en ocasiones, causan una inexplicable desazón.
      Pedro Obando nos ha sabido transmitir ambas sensaciones con este estupendo relato de terror. Enhorabuena.
      Gracias por tu comentario.

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  4. Muy bueno, Luis!!!! Un abrazo grande.

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    1. Gracias, Valerita´s por lo poco que me toca. El mérito es del escritor.
      Un abrazo.

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