sábado, 30 de agosto de 2014

Fortunata y Jacinta



Autor: Benito Pérez Galdós (1843-1920)
Año de la obra: 1887

Es una magnífica novela, referente imprescindible de la literatura española. Es tan sencilla, está escrita con un realismo tan grande, que uno parece sumergirse en el relato por momentos con los personajes del Madrid más castizo de la época. Se describe cada lugar con una precisión abrumadora y para eso se les sitúa en el mapa con gran exactitud. Al mismo tiempo el autor emplea expresiones aún vigentes hoy en día.
Enmarcada dentro del plano socio-histórico de la convulsa sociedad española de la época, Pérez Galdós, era un escritor comprometido con el realismo, del cual fue uno de los máximos exponentes, sirvan como ejemplo los <<Episodios nacionales>>. Además sentía verdadera admiración por los clásicos españoles. El autor, dispuesto a dar con la clave de la pobreza literaria de entonces, descubrió que la clase media era la verdadera fuente inagotable de historias, de ahí su apuesta por el realismo. En 1897 ingresa en la Real Academia Española. Benito Pérez Galdós fue diputado a Cortes en 1886 por el Partido Liberal de Sagasta y en 1906 por el Partido Republicano.
Para comprender mejor esta obra es preciso conocer la España de la época. Ésta se hallaba inmersa en una profunda crisis que había desembocado en la decadencia de la burguesía, clase social modélica de la cual tanto había esperado el autor y el fracaso del sistema político en que ésta se sustentaba: la Restauración. Situación ésta que denuncia abiertamente Pérez Galdós. La acción de <<Fortunata y Jacinta>> se desarrolla entre 1869 y la primavera de 1876, aunque ésta se escribió entre 1885 y 1887, por lo que posee cierta perspectiva histórica. Dicha perspectiva se convierte en una paradójica falacia, pues empieza escribiendo sobre y desde la burguesía y acaba haciéndolo contra ella. Este cambio puede ser debido a que la novela, como ya ha quedado dicho, comenzó a desarrollarse desde 1869, un año después de la Revolución de septiembre, más conocida como la Gloriosa, que aprobó la Constitución más liberal hasta la fecha que duró hasta 1874 (Sexenio Revolucionario). Sin embargo, ésta estaba abocada al fracaso, pues el pueblo anhelaba no sólo cambios políticos sino también estructurales. Hay que recordar que años más tarde, concretamente el dos de enero de 1871, el primer ministro, Juan Prim, logró coronar a un mimbro de la casa de Saboya, Amadeo I. Sin embargo, la hostilidad contra él y su gran valedor Prim era evidente y tras el asesinato de este último, Amadeo de Saboya tuvo que abdicar en 1873. Proclamada la República, la situación continuaba siendo convulsa y la Guerra Carlista persistía. Así pues, un rápido golpe militar del General Pavía el tres de enero de 1874, nombró presidente del ejecutivo al General Serrano. El veintinueve de diciembre de ese mismo año un nuevo pronunciamiento del General Martínez Campos proclamó en el trono al hijo de Isabel II, un joven de diecisiete años, como nuevo rey de España, con el nombre de Alfonso XII (1874-1885). Pero como está exiliado hasta su regreso en 1875 se nombra un ministro regente, Antonio Cánovas del Castillo. Había nacido la Restauración. Se promulga la Constitución de 1876 (la de los Notables) que sigue el modelo doctrinario francés y el bipartidismo inglés entre el Partido Conservador de Cánovas y el Partido liberal de Sagasta. Alfonso XII fue un Monarca hábil, con estudios, que supo congeniar a los dos grandes partidos entre sí, logrando de esta manera un periodo de estabilidad para España. Pese a su corto reinado acabaría con las Guerras Carlistas (1876) y de Cuba (1878), considerándose a ésta una provincia de España como Puerto Rico. Además, se acometerían importantes reformas. Con la ley de Cánovas se abolió la esclavitud (1880) y se potencia la centralización con las Leyes de enjuiciamiento Civil (1881) y Criminal (1882), el Código de Comercio (1885) y la supresión de los Fueros Vascos (1876). A su muerte, en 1885, le sucede como Regente su esposa María Cristina de Habsburgo-Lorena (1885-1902). Ella crea el Código Civil (1889) y durante su regencia se pierde la última de las colonias. Por fin, el 17 de mayo de 1902, a los 16 años de edad, se encarga personalmente del reinado su hijo, Alfonso XIII.
<<Fortunata y Jacinta>> es una historia de celos, mentiras, amores y desamores que comienza cuando Juanito Santa Cruz, hijo único de Baldomero Santa Cruz, un adinerado comerciante de telas y Barbarita Arnaiz, conoce en 1869, cuando realiza una visita a Plácido Estupiñá, personaje entrado en años y amigo de la conversación que es el hombre de confianza de su madre y vive en la Cava de San Miguel, a una mujer de baja ralea, sin modales, pero de una enorme belleza, llamada Fortunata de la cual se encapricha al momento y con quien tuvo un hijo que murió al poco de nacer, todo ello de forma clandestina. Un año más tarde, Isabel Cordero, mujer de Gumersindo Arnaiz y cuñada de Barbarita Arnaiz, convino con esta última la boda de su tercera hija, Jacinta, con su primo, Juanito Santa Cruz. Así pues, en mayo de 1871, ya fallecida la madre de esta última que murió el 27-XII-1870 (el mismo día que Juan Prim), se casan. Poco a poco, durante la luna de miel, va conociendo las correrías de su golfo marido con Fortunata, pero a pesar de que, como es lógico, no le hace mucha gracia, Juanito la aplaca con zalamerías y carantoñas y su amor por él hace el resto. De esta manera el tiempo transcurre con cierta normalidad, hasta que el 19-XII-1873, José Ido del Sagrario, un  extravagante ex maestro bastante pobre, que se dedica a vender subscripciones para poder subsistir y se altera producto de los nervios al comer carne y al beber alcohol, informa a Jacinta de la existencia de un hijo de su marido con Fortunata, apodado, “el Pituso”, ya que su supuesta madre era conocida como “la Pitusa” en los bajos fondos, de tres años y que vivía con el tío de ella, José Izquierdo, persona ruda y malhablada, en la Calle Mira el Río Baja. La pobre Jacinta, a quien tanto le gustan los niños pero Dios se los niega, se indigna. Sin embargo, al mismo tiempo siente envidia de Fortunata y piensa que, ya que ésta le abandonó, es de su marido, ella ansía tener un hijo y tienen medios para criarlo, ¿por qué no hacerlo y sacarle al mismo tiempo de la pobreza? Así pues, no lo duda e inicia las negociaciones con José Izquierdo para que se le venda y con ese propósito pide a su amiga, Guillermina Pacheco que la acompañe para conseguirlo ya que ella le conoce. Dicho y hecho. Empezaron a tratar el asunto el día veinte y dos días más tarde cerraron el trato con el bruto de José Izquierdo por una miseria. El día veinticuatro estaba ya en  poder de Jacinta. Guillermina Pacheco es, a mi juicio, uno de los personajes más peculiares de la novela. Extremadamente religiosa, tiene una gran labia y un enorme poder de persuasión, al tiempo que impone un gran respeto. Se pasa toda la obra pidiendo donaciones para construir un asilo y, debido a estas cualidades, lo consigue. Jacinta, mientras, lleva al travieso Juanín, que así se llamaba “el Pituso”, a casa de su hermana Benigna, pues no considera prudente, de momento, que lo viese su marido. Sin embargo, ese mismo día, el veinticuatro de diciembre de 1873, se ve obligada a revelarle su secreto a Barbarita Arnaiz quien al principio no la cree pero que una vez le ve opina como ella, que es su nieto. Pero toda la familia les desmiente el parecido y es entonces cuando Juanito Santa Cruz le cuenta a su mujer, en privado por supuesto, la historia del niño que tuvo con Fortunata que luego moriría. Así pues, con todo el dolor de su corazón, Jacinta acaba entregando a Juanín al asilo de Guillermina Pacheco. El tres de enero de 1874, el mismo día del golpe militar del General Pavía. Por otro lado, Jacinto Villalonga, el compañero de correrías de Juanito Santa Cruz, le cuenta a éste que ha visto a Fortunata y, por supuesto, le falta tiempo para buscarla.
Entretanto, en el Barrio de Salamanca, un joven, tímido y poco agraciado físicamente estudiante de farmacia llamado Maximiliano Rubín, el menor de tres hermanos, vivía en casa de su tía Guadalupe Rubín, conocida por el apelativo de doña Lupe la de los pavos, una mujer amante del dinero, sagaz y recta, viuda de Jáuregui, con una criada, Papitos, que es una niña deslenguada. Un día, Maxi conoce a Fortunata por medio de un amigo de la cual se enamora perdidamente al instante. Así, temeroso de expresarle sus nobles sentimientos porque teme que se ría de él, opta por educarla con verdadera abnegación y paciencia con la esperanza de que el roce haga el cariño. Hasta le alquila un cuarto para ella con el poco dinero que tiene y pasa junto a Fortunata el poco tiempo del que dispone. Pero cuando él por fin le pide la mano, ella no siente otra cosa por él que agradecimiento y repugnancia por su aspecto físico. Sin embargo, le va cogiendo cariño y la idea de convertirse en una mujer decente le subyuga, mas no es capaz de quitarse de la cabeza a Juanito Santa Cruz. Mientras, doña Lupe la de los pavos va sospechando posible amor de su sobrino Maxi hacia Fortunata y cuando se entera de la verdad, monta en cólera por conocer el “currículum” de ésta pero Maxi se revela.
Cuando hablan del tema con mayor tranquilidad, Maxi le cuenta a su tía lo ahorradora que es Fortunata, como así era, y esta circunstancia hace que la mire con mejores ojos. Así pues, doña Lupe encarga a otro sobrino suyo, Nicolás Rubín, un sacerdote de buen comer, que se ocupe del caso y éste queda con su hermano en ir a verla a solas. Fortunata le confiesa sus sentimientos, diciéndole que estima a Maxi pero que no sabe si llegará a quererle lo suficiente. No obstante, acuerdan que ella ingrese en el convento para recibir cierta formación espiritual antes de casarse y quizás así el tiempo convierta el afecto en amor. Así pues, el día nueve de abril de 1874, fue llevada al de las Micaelas. En el convento su comportamiento será correcto y hará muchas amigas, en especial una llamada Mauricia la Dura, una monja muy díscola a la cual tuvieron que expulsar de allí, que por avatares de la vida, fue a su salida corredora de telas y otros objetos de doña Lupe. Mauricia la Dura tenía una hija, Adoración, que vivía con la hermana de Mauricia, Severiana, en la calle Mira el Río. Fue precisamente Mauricia quien le auguró a Fortunata que Juanito Santa Cruz volvería junto a ella. En la segunda quincena del mes de septiembre de ese mismo año sale del convento y poco después se casa con Maxi. Pero Juanito Santa Cruz ya la había localizado y alquiló un cuarto contiguo al suyo, pagando a la criada de Fortunata y a la casera para que, en connivencia con éstas, pudiesen verse. Al mes siguiente, ella fue presa fácil para él, pues en el fondo era el amor de su vida y nunca quiso al pobre Maxi a quien ahora, incluso, aborrecía. Al enterarse éste de la realidad se peleó con Juanito Santa Cruz quien, a causa de la debilidad del menor de los Rubín, acabó por derribarle fácilmente. Finalmente, ella abandona a su marido. Poco después, Jacinta descubre la vuelta a las andadas de su esposo, pero la inocencia de ésta unida a la labia de él hace que la prometa dejar a Fortunata para siempre, por enésima vez, por carta. Y efectivamente así es, de momento…
A destacar que en el capítulo segundo de la tercera parte de la novela titulado <<La Restauración vencedora>> es Jacinta quien sale triunfante porque ella es el símbolo de la pureza, de la legalidad y estabilidad matrimonial, en otras palabras: de la burguesía que triunfó en aquella época. Es cuando ella exige a su marido que deje a su amante y que en el siguiente capítulo titulado <<La Revolución vencida>> Fortunata, que simboliza el amor natural, que el autor equipara al denominado Cuarto Estado de la época, es en efecto derrotada. Galdós, una vez más, establece un interesante paralelismo entre la novela y la convulsa sociedad española de aquellos años.
Una vez separados los clandestinos enamorados, Fortunata conoce a Evaristo González Feijoó, un anciano que se convierte en su protector, que le da buenos consejos y dinero en forma de acciones al tiempo que contacta con doña Lupe, con quien guarda una gran amistad, para que los Rubín la perdonen. Eso, unido a la habilidad de Feijoó para recomendarla que le entregue a doña Lupe un dinero para que lo invierta, hace que consiga su propósito. No obstante, esta vez vive en casa de los Rubín que, para entonces, ya se habían trasladado a la calle Ave María. Sin embargo, se encuentra con un Maxi muy místico que la perdona. Todo parece ir bien hasta que Mauricia la Dura se está muriendo y Fortunata la visita en la calle Mira el Río. Allí, este personaje tan pernicioso como realista, vuelve a profetizarla el reencuentro con Juanito Santa Cruz. También coincide allí con la esposa de éste, Jacinta, quien no la conoce aunque Fortunata a ella sí, pues la vio en una visita que hizo a las Micaelas.
Hay que destacar, y esto es muy interesante, la curiosa dualidad de sentimientos que siente hacia Jacinta de amor-odio, esa admiración por su porte y señorío y al tiempo esa irremediable inquina por, según ella, haberle “robado” al hombre de su vida.
Poco después, se pelean en casa de Guillermina Pacheco, en la calle Pontejos y, más tarde, vuelven a coincidir Juanito Santa Cruz y Fortunata que quedan en verse a menudo. Ya para entonces comenzaba a sospechar algo la astuta doña Lupe, mientras que Maxi recorría una espiral de decadencia por el trastorno mental que padecía. Por otra parte, Segismundo Ballester, regente de la farmacia del fallecido Samaniego, propiedad ahora de la viuda de éste, Casta Moreno, donde trabajaba Maxi, sentía un amor platónico por Fortunata que si no iba a más era por respeto a su amigo y principalmente porque ella no le quería. Casta Moreno era madre de dos hijas, Olimpia y Aurora, ésta última era viuda de un francés y propietaria de una tienda de ropa. Se hicieron buenas amigas ella y Fortunata quien le confesaba sus sentimientos más íntimos. Pero sucedió un día del mes de agosto que Aurora le dijo a Fortunata que creía que su primo, Manuel Moreno-Isla, el adinerado sobrino de Guillermina Pacheco, tenía relaciones con Jacinta. El quince de noviembre de 1875, Juanito Santa Cruz rompe con Fortunata por contarle tal cosa, que resultó ser un invento de Aurora. Paradójicamente el orgullo del heredero de los Santa Cruz se ve herido y no puede aceptar la posibilidad de que su mujer haga con él lo mismo que éste con Fortunata. Cuando esta última se entera del embuste de su amiga, que ha producido consecuencias tan devastadoras, Aurora se retracta. Esa noche se produce un acontecimiento inesperado: Maxi le dice a su mujer que está embarazada. Lo más particular del caso es que en efecto, lo estaba, pero no de Maxi a quien repudiaba, sino de Juanito Santa Cruz. Cuando el ocho de diciembre de 1875 se enteró doña Lupe de que esto era cierto la echó de casa. Eso sí, Fortunata tuvo el detalle de no rescatar su dinero y quedaron en que doña Lupe siguiera administrándoselo y entregándole los réditos regularmente. De esta manera, se traslada a vivir de nuevo a la Cava de San Miguel, ya embarazada de seis meses. Mientras, doña Lupe solicita a Juan Pablo Rubín, el hermano mayor de Maxi, que intente sanarle. Así, en enero de 1876, lo consiguen y saca en conclusión donde ha ido su mujer. Cuando  dio a luz, en enero de 1876, llamó a su hijo Juan Evaristo Segismundo, en honor de Santa Cruz, González Feijoó y Ballester. En el mismo edificio donde vivía Fortunata también moraban José Ido del Sagrario, sus tíos Segunda y José Izquierdo y el administrador de la finca, Plácido Estupiñá. Todo era propiedad de doña Guillermina Pacheco, que la heredó de su sobrino Manuel Moreno-Isla. Fortunata recibió un día de ese mismo mes de abril la visita tan temida de Maxi. Ella pensaba que la mataría y también a su hijo en venganza pero no era su intención. En lugar de eso hizo algo más sutil y que la doliera más: le dijo con calma que había visto juntos a Juanito Santa Cruz y a Aurora, como así era. No tardó mucho la racial Fortunata en acudir a la tienda de Aurora para pegarla. Poco después, Fortunata entra en una etapa de decadencia pues su hijo apenas saca leche al mamar y ella se pone enferma. No obstante, tiene la ayuda inestimable del doctor Francisco de Quevedo (curioso que Galdós le pusiese el mismo nombre que el famoso escritor), de su amigo Segismundo Ballester y también de Guillermina Pacheco. Esta última le busca un ama de cría para que le proporcione leche a su hijo. Pero Fortunata impide tal cosa, prefiere alimentarlo con biberón por temor a que se lo quiten. Cuando vuelve Maxi, ciega de ira, le asegura que le querrá para siempre y se comportará por fin como una esposa para darle hijos siempre y cuando mate a Aurora y a Juanito Santa Cruz. Para esto le da dinero y un revolver. Maxi se convence y sale en busca de ellos.
Fortunata se está muriendo. Sin embargo, mientras estaba agonizando en su vivienda con la única compañía de Plácido Estupiñá realiza su mejor acción en toda la novela que fue dejarle su hijo a Jacinta y las acciones que le dio el bueno de Evaristo González Feijoó a doña Guillermina Pacheco. Entretanto a Maxi le consiguen desarmar antes de matar a nadie. Así pues, tras morir Fortunata,  llevan a su hijo, Juan Evaristo Segismundo, a casa de los Santa Cruz y allí su mujer, Jacinta, y su madre, Barbarita, cogieron por banda a Juanito Santa Cruz y le cantan las cuatro verdades. Viéndose éste humillado ante toda su familia y herido en su amor propio que era lo que más quería. Finalmente, Maxi recupera la cordura definitivamente.
En resumen, es una obra llena de matices que, a buen seguro, será de su agrado. ¡Anímense a  leer esta extraordinaria novela!   

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1 comentario:

  1. Muy buen libro. Junto con la Regenta, de lo mejor que se ha escrito
    en español en el s. XIX. No podías haber elegido un comienzo mejor.
    Slds.

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