domingo, 22 de octubre de 2017

Sólo en sueños




Cómo quisiera despertar entre tus brazos,

apretadita a tu corazón,

acunar cada uno de tus latidos en el alma mía, 

cimbrando tu alma prisionera del desamor.

Cómo quisiera amarte en mis desvelos, 

soñar despierta es mi consuelo,

porque sólo en sueños puedo amarte... ¡Amor!

RossyAmor @AlmaDePoe_sia

lunes, 16 de octubre de 2017

Exnovio




La noche permanecía en constante movimiento. Las luces parecían estrellas fugaces de todos los colores. No había ni un momento para el descanso. Madrid nunca dormía.
Ya era tarde. Inés debía volver a casa. Su madre decretó un toque de queda. Desde que tuvo unos incidentes con su exnovio, le obligaba a regresar antes de las diez y media.
—¡Ves! ¡La vida es peligrosa! ¡Los hombres son peligrosos! —repetía su madre una y otra vez.
Mejor obedecerla si no quería recibir castigos.
Llegó a su casa, que estaba en Buenavista. Una mala sensación recorrió sus venas cuando subía las escaleras. El rellano estaba demasiado callado.
Cuando abrió la puerta, encontró la casa completamente vacía. Se le cerró el estómago. Normalmente sus padres estaban a estas horas. No podían haber salido. Ni siquiera, a hacer la compra.
Encendió el pasillo y anduvo hacia el salón. Quizá estuvieran allí. Muchas veces los habían encontrado dormidos en el sofá.
Encendió la luz del salón. Un terrible escalofrío le recorrió por la columna vertebral. Se le helaron las venas y se le encogió el corazón.
Sus padres yacían muertos. Un charco de sangre los rodeaba. Sus cuerpos estaban completamente rígidos y pálidos.
Tragó saliva. Sus ojos estaban desencajados. Sus extremidades no respondían. Solo temblaban.
—¡Hola, Inés! —alguien le llamó.
Miró al sofá.
“¡No puede ser!” —pensó—. “¡Es imposible!”
Era su exnovio Richard. Le dijeron que murió al regresar a La Habana, pero no, estaba aquí, vivo y coleando.
Estaba distinto. Sus pupilas perdieron el color pardo y fueron sustituidas por dos luces intensas como el fuego. No era una quimera, porque aún conservaba su piel morena y su pelo oscuro.
—¿Qué has hecho? —preguntó con voz temblorosa. Extendió el dedo índice hacia sus padres y preguntó—: ¿Esto lo has hecho tú?
—Sí, algo tenía que hacer para recuperar a mi niña —dijo Richard con su marcado acento caribeño.
Inés no podía moverse. El miedo la paralizaba.
Richard avanzaba hacia ella. Su cara se volvía más siniestra. Cuando abrió su boca, mostró una sonrisa perlada con dientes ligeramente afilados.
Inés emitió un último sonido: un grito de susto y ahogado. Después, sólo hubo oscuridad.

ÓSCAR ALONSO TENORIO